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Mala letra
Ricardo
A. Paz
Después de publicar en la revista del Hospital Privado de
Comunidad, en la sección Cosas de Entrecasa, una diatriba cuyo
título era: «En contra de la mala letra», un amigo me hizo notar
una cosa que yo ignoraba cuando envié esa colaboración1. Me informó
que algo había leído sobre el tema y me envió algunas referencias
bibliográficas recientes. Si las hubiese leído antes, las habría
citado o, más probablemente, me hubiera abstenido de publicar los
comentarios de entrecasa que, ingenuamente, creía originales.
En síntesis, atribuía la letra frecuentemente ilegible de los
médicos a un error de interpretación de los estudiantes de medicina
que parecían creer que la mala letra era algo inherente a la
condición de médicos y por esa razón, además de la tendencia al
menor esfuerzo y por engañar con las apariencias, la cultivaban.
Aclaraba que la culpa no la tenían los que cometían esas letras sino
las universidades que los diplomaban.
Otras causas comentadas eran el apuro debido a la sobrecarga de tareas
y la desconsideración por los lectores y atribuía a la letra
ilegible el hecho de causar errores de diagnóstico así como la
pérdida de juicios por mala praxis. Insinuaba la posibilidad de que
la causa fuera el deseo de los malos escribidores de no comunicarse,
como ocurría con el latín de los médicos satirizados por Molière y
me sorprendía, finalmente, por el hecho de que la mayoría de mis
colegas fueran complacientes con la letra ilegible.
Con el título de Doctors’ Handwriting, en la sección Sketches from
The Lancet, aparece una divertida página, firmada con letra ilegible
por Peter Kandela, con opiniones encontradas sobre varios de los
puntos mencionados2. Por lo pronto nos enteramos de que Lancet se
ocupa del tema, por lo menos desde enero de 1915 cuando, unido con
Chemist and Druggist, condenan la mala letra y reproducen «la
prescripción más atrozmente ilegible que hayan visto jamás» y la
forma arbitraria en que fue interpretada por el farmacéutico.
Concluyen que «a no ser que entre el prescribidor y el farmacéutico
existiera un entendimiento y un código privados, lo único que podía
decirse de esa receta era que el médico que la escribió debería
sentirse avergonzado (Jan 2, 1915, p56)». Cuarenta años más tarde
el tema aparece nuevamente en una carta del Dr. J.J. Conybeare del Guy’s
Hospital de Londres que sale en defensa de la mala letra manifestando
que consideraba un error que se penalizaran los exámenes por la mala
letra. Sostenía como una «cuestión de honor el intento de descifrar
lo escrito y que debía evitarse la penalización deliberada... y que
temía que ni siquiera un ukase de... los Royal Colleges mejoraran
malas letras estabilizadas (May 16, 1953, p 1101)». Un mes después
una carta de W.W. Kaye sostenía la postura opuesta expresando que no
bastaba con penalizar los exámenes o pruebas escritas bajando la nota
por mala letra sino que proponía la pena capital de la reprobación.
Consideraba que «sólo puede considerarse la mala letra en
comunicaciones, como una muestra de mala educación no menor que la de
presentarse a una visita social mal vestido, sucio y con las botas
embarradas (June 6, 1953, p 1157)».
Una semana después el debate se había orientado a si se podía o no
corregir el defecto y E.W. Playfair sostuvo que «sí se podía hasta
los 60 años y que él lo había logrado a los 22...». Como prueba de
ello aparece su elegante firma. El autor se mostró contrariado con
los colegas complacientes y coincidía con que «la mala letra se
parecía más a la mala educación que a la fealdad del rostro porque,
a diferencia de esta última, era fácilmente corregible (June 13,
1953, p 1201)». El siguiente corresponsal, G. Graham, se manifestó
de acuerdo con Playfair aunque no había logrado ser tan exitoso en su
intento de mejorar su mano. Consideraba que era posible pero que como
en el deporte había una aptitud innata que limitaba las posibilidades
de aquellos que no la tenían. Otras cartas, más cínicas comentaban,
entre otras cosas, que la mala letra es inversamente proporcional a
los conocimientos... o, en un caso, que servía para disimular las
faltas de ortografía... (July 4, 1953 p 43 y 44).
Con el título de Beastly Handwriting, George Dunea, del Cook County
Hospital de Chicago, señaló que un estudio realizado en el año 1979
mostró que el 16% de los médicos tenían letra ilegible y el 17% la
tenían apenas legible. Que las causas de esto no eran claras pero que
era improbable que los médicos siguieran tratando de mantener secreto
el contenido de sus recetas o a un defectuoso «toilet training»?? o
a un colectivo «Desorden de la expresión escrita» (código 315.2
del DSM IV, American Psychiatric Association).
Favoreció la opinión de que la causa residía en los malos hábitos
adquiridos tomando apuntes en la escuela de medicina o por exceso de
tareas. «La buena letra de otros tiempos se debía al uso de
lapiceras de pluma, que limitaban la velocidad, rayaban el papel y
ensuciaban los dedos». «Ya las lapiceras fuente, inventadas en 1884,
eran consideradas incompatibles con una letra prolija» y que los
bolígrafos fueron definitivamente the devils invention», frase con
la que quedó demonizado nuestro compatriota Biro. Dados los terribles
accidentes (mishaps) que pueden resultar por la mala letra, recomienda
escribir más lentamente ayudados por un retorno a las lapiceras
fuente3.
Hasta aquí, muestras de humor, understatements e idiosincracias
británicas por un lado y practicidad americana por el otro. Pero
donde morirán las palabras, las humoradas y las idiosincrasias
cacográficas de los médicos será cuando se difundan fallos
judiciales como el que perjudicó al Dr. Ramachandra Kolluru quien
debió pagar U$S 225.000 a la familia de su paciente que falleció por
una receta de Isordil (dinitrato de isorbida) que fue interpretada por
el farmacéutico como Plendil (felodipina). El farmacéutico debió
pagar una indemnización equivalente a la del médico4. La
bibliografía en torno al tema parece ser muy vasta y no viene al caso
intentar revisarla aquí. Lo que es destacable es que un tema en
apariencia trivial tenga tantas facetas a las que podríamos agregar
otras aunque parece más prudente finalizar en este punto.
Dirección postal: Ricardo A. Paz. Hospital Privado de
Comunidad, Mar del Plata
e-mail: ddi@hpc.org.ar
Bibliografía
1. Paz RA. En contra de la mala letra. Revista del Hospital Privado
de Comunidad 2000; 3: 152.
2. Kandela P. Doctor’s handwriting. Lancet 1999; 353: 1109.
3. Dunea G. Breastly handwriting. BMJ 1999; 319: 65.
4. Charatan F. Family compensated for death after illegible
prescription BMJ 2000; 319: 1456.
Agradezco al Dr. J.A. Barcat la revisión, corrección y
sugerencias para mejorar el manuscrito
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